Mientras se pintaba los pies
(Tribuna Universitaria, 7abr08)
Mientras se pintaba los pies, las uñas de los pies, los pies subidos a una silla junto a la cama, junto a mi cama la silla, ella y sus pies, mientras tanto yo recordaba que tú odiabas que yo me pintase las uñas de los pies, y mañana pequeñas hormigas rojas que quitar con alcohol y más tiempo, y en tus pies y entonces en los míos que te seguían de cerca con imprudencia y necesidad como el espacio al punto, entonces en los pies y de ahí para arriba la carne al descubierto con el viento en la cara. Sin embargo ella ahora era ahora y tenía un pequeño frasco de rojo volcánico, o eso era lo que decía la etiqueta, cinco mililitros de rojo volcánico entre sus dedos, eran ya cinco cuando paré este relato para mirarla parar la mano derecha y comenzar a soplar con fuerza. Permanecía desnuda y no pude apartar la mirada, tan desnuda en la cama como sobre la silla, tan desnuda su espalda en silencio, y en el encorvado trayecto del rojo volcánico a su cuello quedaban marcadas cada una de las escaleras que le formaban la columna.
Se me quedó mirando el tiempo de nueve palabras. Y luego continuó.
Mientras se picaba el brazo, la vena del brazo, el brazo subido a una silla junto a la cama, junto a mi cama la silla, ella y su brazo, mientras tanto yo recordaba que tú odiabas que yo me picase en las venas del brazo, y mañana pequeñas hormigas rojas que quitar con alcohol y más tiempo, y en tus brazos y entonces en los míos que te abrazaban por detrás con impaciencia y necesidad como el espacio al punto, entonces en los brazos y de ahí para siempre la carne al descubierto con el viento en la cara. Sin embargo ella ahora era ahora y tenía un pequeño frasco de midazolam, o eso era lo que decía la etiqueta, cinco mililitros de midazolam entre sus dedos, eran ya cinco cuando paré este relato para mirarla parar la mano derecha y comenzar a inyectar con fuerza. Permanecía desnuda y no pude apartar la mirada, tan desnuda en la cama como sobre la silla, tan desnuda su espalda en silencio, y en el encorvado trayecto del midazolam hasta su cerebro, iban quedando marcadas cada una de las escaleras que le formaban la columna.
Se me quedó mirando el tiempo de nueve palabras.
Se me quedó mirando el tiempo de nueve palabras. Y luego continuó.
Mientras se picaba el brazo, la vena del brazo, el brazo subido a una silla junto a la cama, junto a mi cama la silla, ella y su brazo, mientras tanto yo recordaba que tú odiabas que yo me picase en las venas del brazo, y mañana pequeñas hormigas rojas que quitar con alcohol y más tiempo, y en tus brazos y entonces en los míos que te abrazaban por detrás con impaciencia y necesidad como el espacio al punto, entonces en los brazos y de ahí para siempre la carne al descubierto con el viento en la cara. Sin embargo ella ahora era ahora y tenía un pequeño frasco de midazolam, o eso era lo que decía la etiqueta, cinco mililitros de midazolam entre sus dedos, eran ya cinco cuando paré este relato para mirarla parar la mano derecha y comenzar a inyectar con fuerza. Permanecía desnuda y no pude apartar la mirada, tan desnuda en la cama como sobre la silla, tan desnuda su espalda en silencio, y en el encorvado trayecto del midazolam hasta su cerebro, iban quedando marcadas cada una de las escaleras que le formaban la columna.
Se me quedó mirando el tiempo de nueve palabras.
Comentarios
Y aún estoy pensando en el tiempo que duran nueve palabras.
(La versión en blanco y negro de quién un día vivió en ese apartamento para tres.)
* jim: La vanidad de los Dhuluoz sólo podría quedar superada por Los vagabundos del dharma, pero gracias por el cumplido...
* imposivle: gra-cias!
:)